La importancia de Lepanto reside en que supuso el fin de la invencibilidad turca, consiguiéndose una especie de statu quo entre los otomanos y cristianos en el dominio del Mediterráneo.
La batalla de Lepanto supone un hecho fundamental en la Historia de las relaciones internacionales en el Mediterráneo en el siglo XVI, en la pugna entre el todopoderoso Imperio otomano, y sus aliados los piratas berberiscos, frente a las potencias cristianas, las italianas y la Monarquía Hispánica.
Los turcos se encontraban en un momento de máximo esplendor a comienzos de la segunda mitad del siglo XVI. En 1560 se había producido la victoria de Djerba, y Malta había podido resistir con mucha dificultad cuatro años después. En 1570, el ataque a los venecianos en Chipre provocó que las potencias cristianas tomaran la decisión de aunar sus esfuerzos porque parecía imposible frenar a los turcos. Así nació la Santa Liga, integrada por la Monarquía Hispánica, Venecia y el Papado, contando con la ayuda de Génova y Malta.
Se decidió que su comandante en jefe sería don Juan de Austria, que había sofocado la sublevación de las Alpujarras. En todo caso, el monarca español decidió que una junta compuesta por Luis de Requesens, Andrea Doria, Álvaro de Bazán y Juan de Cardona tutelase al joven. En este sentido, Felipe II siempre mantuvo recelos sobre su hermanastro. Por la parte veneciana, que mantenía parte de su potencia marítima, se encontraba Sebastián Veniero. Las galeras pontificias serían comandadas por Marco Antonio Colonna. La fuerza que se concentró en Messina era impresionante.
Aunque Venecia aportó más embarcaciones que España, sufría un déficit de infantería, que fue resuelto por el comandante en jefe ordenando que parte de las tropas españolas e italianas reforzaran las galeras venecianas. No fue un asunto fácil, dadas las suspicacias venecianas. De hecho, a comienzos de octubre tuvo lugar un enfrentamiento en una galera con arcabuceros españoles, que fue reprimida por Veniero, saltándose sus competencias, poniendo a prueba las dotes diplomáticas de don Juan de Austria. Por su parte, los turcos contaban con una flota aún mayor, comandada por Alí Pachá y reforzada con navíos de los piratas berberiscos de Argelia.
El 7 de octubre de 1570 las dos flotas, que llevaban tiempo buscándose, se encontraron en la entrada del golfo de Lepanto, en una situación ventajosa para la flota cristiana. En todo caso, los turcos desplegaron una impresionante fuerza de 230 galeras frente a las 208 cristianas, aunque por otra parte estas tenían mejor artillería y tropas muy experimentadas de infantería española. La lucha fue intensísima.
Los turcos intentaron rodear al enemigo, pero no lo consiguieron. Los venecianos perdieron al comandante Barbarigo, pero mantuvieron su posición gracias a su magnífica artillería. La galera de don Juan de Austria embistió a la de Alí Pacha en el centro de la batalla, desarrollándose toda una batalla casi campal de infantes y jenízaros. En el fragor de la misma Alí Pachá fue muerto, decidiéndose la suerte final del combate. Se trató de una victoria absoluta, capturándose casi toda la flota enemiga menos la de los piratas berberiscos, ágiles en la huida. Además, fueron liberados miles de galeotes cristianos esclavos, aunque no debemos olvidar que la batalla fue muy sangrienta, con decenas de miles de muertos y heridos.
Pero la batalla de Lepanto no hundió el poder turco en absoluto. Chipre no pudo ser liberado y al poco tiempo el Imperio turco, una formidable organización con infinidad de recursos, consiguió levantar una flota casi del mismo tamaño que la derrotada, sin olvidar que los berberiscos siguieron su particular y exitosa guerra de pillaje y captura de esclavos cristianos.
Pequeño fragmento
«Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlo Quinto, de felice memoria…». Prólogo de las Novelas Ejemplares. Madrid, 14 de julio de 1613.


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