La Crisis de 1640 fue la crisis política más grave que vivió la Monarquía Hispánica de los Austrias ya que a punto estuvo de acabar con ella.
Las necesidades financieras de la Monarquía Hispánica producidas por la guerra de los Treinta Años obligaron a recurrir a medidas que terminaron por agravar la crisis social y económica de Castilla: nuevos impuestos, ventas de cargos públicos, venta de tierras de realengo, etc.
Esta situación provocó un aumento considerable descontento general y generó una clara oposición a Olivares desde varios frentes. En primer lugar, estarían los reinos que rechazaban las pretensiones unitarias y centralistas del conde-duque, especialmente formuladas en el Gran Memorial y en la Unión de Armas, donde pretendía que todos los reinos colaborasen de forma proporcional a su demografía y riqueza en el esfuerzo bélico. Pero también los miembros de la alta nobleza se quejaban del escaso protagonismo que tenían, a causa del evidente autoritarismo del valido. Por fin, los sectores populares sufrían la crisis económica y la presión fiscal.
Comenzaron a estallar conflictos y protestas ya en la década de los años treinta, como en Vizcaya, pero fue en 1640 cuando se llegó al culmen de las mismas con la revuelta de los catalanes, que duró hasta 1652, y el estallido de la insurrección en Portugal, que se dilató hasta 1668. Andalucía vivió una década de fuerte inestabilidad, especialmente en 1641 y entre 1647 y 1652. El marqués de Ayamonte y el duque de Medina Sidonia protagonizaron unos episodios que les condujeron a la pena capital. Por fin, los reinos de Nápoles y Sicilia también se incorporaron a la protesta en 1647.
Las rebeliones de dos reinos tan importantes como Cataluña y Portugal, en plena guerra de los Treinta Años, parecían que iban a desestabilizar a toda la Monarquía Hispánica. La impopularidad del valido aumentó de forma exponencial, y el rey Felipe IV decidió apartarle del poder en 1643, pero su caída no consiguió traer la paz.
La causa inmediata de la rebelión catalana tuvo que ver con los desmanes cometidos en la población por los soldados destinados en Cataluña por la guerra con Francia. En distintos lugares tuvieron lugar enfrentamientos entre campesinos y soldados. La rebelión se extendió a Barcelona el día del Corpus Christi, el conocido como Corpus de Sangre, cuando fue asesinado el virrey.
Al participar en la revuelta los segadores que acudían a la ciudad para ser contratados en campos cercanos, la rebelión fue conocida como la Guerra dels Segadors. Pero la rebelión fue, en realidad, una revuelta anticentralista. Pau Claris proclamó la República desde la Generalitat y se buscó el apoyo francés, que solamente se daría si los catalanes decidían entregarse a su rey. Las instituciones catalanas así lo aprobaron y nombraron conde de Barcelona a Luis XIII. Pero la crisis económica, la peste y la opresión francesa, mucho peor que la castellana, provocaron el agotamiento de la rebelión. Los rebeldes se rindieron a Juan José de Austria en octubre de 1652, con la condición de que se respetasen sus fueros.
Por su parte, algunos sectores portugueses comenzaron a ver más inconvenientes que ventajas en la permanencia de Portugal dentro la Monarquía Hispánica, porque no garantizaba ya la defensa de su imperio y había atraído nuevos enemigos como los holandeses. La rebelión nació con un fuerte carácter nobiliario anticastellano, proclamándose al duque de Braganza como rey con el nombre de Juan IV.
La rebelión sorprendió a Felipe IV y a Olivares, concentrados en Cataluña pensando que sería más fácil recuperar Portugal por su aislamiento geográfico. Pero Portugal obtuvo las ayudas inglesa y francesa, terminando por reconocerse su independencia en 1668.
Pequeño fragmento
«Tenga V.M. por el negocio más importante de su monarquía el hacerse rey de España; quiero decir, señor, que no se contente V.M. con ser rey de Portugal, de Aragón, de Valencia, conde de Barcelona, sino que trabaje […] por reducir estos reinos de que se compone España al estilo y leyes de Castilla, sin ninguna diferencia en todo aquello que mira a dividir límites, puertos secos, el poder celebrar Cortes de Castilla, Aragón y Portugal en la parte que quisiere, a poder introducir V.M. acá y allá ministros de las naciones promiscuamente […] V.M. procure poner la mira en reducir sus reinos al estado más seguro […], conociendo que la división presente de leyes y fueros enflaquecen su poder y le estorba el conseguir fin tan justo […]».
– Gran Memorial. Conde-Duque de Olivares, 1624.


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