Los moriscos eran los musulmanes que permanecieron en los territorios que se fueron incorporando a los reinos cristianos.
Tras la conquista del reino nazarí, los Reyes Católicos establecieron unas capitulaciones donde se respetaban su lengua, costumbres y religión, pero terminaron por incumplirse, provocando la rebelión del Albaicín en 1499 y la de las Alpujarras de 1502. Los moriscos de Granada serían deportados a otros lugares. En las posteriores Germanías valencianas también sufrieron persecución.
Los moriscos podían ser unos trescientos mil a comienzos del siglo XVII, distribuidos entre Valencia, el valle del Ebro, Castilla, Murcia y Andalucía. Suponían una minoría que intentaba conservar su cultura y religión, aunque fuera en una situación de evidente clandestinidad. La Monarquía, la Iglesia y el Santo Oficio ejercieron una presión intermitente sobre esta minoría. Por otro lado, muchos moriscos vivían dentro del régimen señorial, lo que les supuso una clara protección, ya que eran excelentes campesinos.
Si en la época de Carlos V se mantuvo una cierta calma, la situación cambió con Felipe II, en un contexto de intransigencia religiosa, pero también de creciente confrontación en el Mediterráneo contra el poderío turco. El rey emprendió una política claramente contraria a esta minoría provocando la rebelión de las Alpujarras (1568- 1571), que traería más deportaciones.
La situación en relación con los moriscos empeoró considerablemente a partir de finales del XVI y comienzos del XVII. Por un lado, la política evangelizadora estaba fracasando, pero sobre todo creció el temor a una posible ––aunque no probada–– alianza de los moriscos con los berberiscos del norte de África y con los turcos, y hasta con los franceses. Pero también es cierto que existía una creciente hostilidad popular, en un momento de dificultades económicas, hacia una minoría que nunca se integró. Este sería el contexto en el que se produciría la expulsión de los moriscos en 1609 en el valimiento de Lerma con el rey Felipe III.
La operación se diseñó en secreto, con la intención de que fuera rápida y en varias fases, porque se quería evitar que se produjera una sublevación. Los primeros moriscos a expulsar debían ser los de Valencia. En todo caso, hubo problemas, pero las autoridades fueron muy diligentes, ya que en casi cuatro meses la expulsión se consumó (septiembre 1609-enero 1610). Después le llegaría el turno a los murcianos, y en la primavera de 1610 a los de Andalucía. En el verano se dio un plazo máximo a los castellanos para marcharse.
Tradicionalmente, se ha considerado que esta expulsión provocó una grave crisis demográfica, aunque hoy se matiza bastante esta afirmación porque no afectó a todos los reinos por igual, aunque es evidente que sí repercutió considerablemente en la demografía y la economía valencianas, porque muchos campos quedaron sin cultivar con el consiguiente descenso de las rentas.


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